Frases y enseñanzas de San Cayetano. Pensamientos, oraciones y reflexiones del santo del trabajo

San Cayetano nació en 1480 en Vicenza, cerca de Venecia en Italia. Él nació en una familia rica, fue a estudiar en la universidad y, finalmente, trabajo junto con el Papa Julio II en Roma. Se hizo sacerdote a la edad de 33 y regaló sus riquezas a los pobres y dedicó el resto de su vida a ayudar a las clases más bajas, y los que están en necesidad de trabajo, muriendo el 7 de agosto de 1547. Más de un siglo después, en 1671 , fue declarado un santo y se ha celebrado y adorado desde entonces en todo el mundo. Su legado es adorado en todo el mundo, y la dedicación especialmente en la Argentina, ha existido durante años. Las celebraciones en toda la Argentina no se limitan solo al 7 º de Agosto, en el séptimo día de cada mes, los fieles al santo van a la iglesia para mostrar su agradecimiento, rezar por un amigo o miembro de la familia que está en la necesidad de trabajo.

Compartimos algunas de sus más bellas enseñanzas:

«Sea nuestro más vivo deseo que el reino de Jesucristo eche en cada día más hondas raíces en nosotros. Pero es que su reino, lo confesó él mismo a Pilatos, no es de este mundo. Y El me invita, en su bondad, a tener parte en este reino, dándome a entender, cada día más claramente, que no podemos servir a dos señores: al mundo y a Cristo… Veo a Cristo pobre y a mí rico; a Cristo escarnecido y a mí ensalzado; a Cristo sufriendo y a mí en delicias. Ardo en deseos de acercarme, antes de morir, a Cristo, siquiera unos pasos… Espero que Cristo por su bondad me otorgue, en cambio de los bienes temporales, los bienes eternos». (Carta a sus primos Fernando y Jerónimo Thiene, el 22 de agosto de 1524)

«¿Qué fuego, por ardiente que sea, no llega a extinguirse, si no lo recubre la ceniza? Sean cenizas mis sentidos, mi cuerpo y mi corazón. Mi alma, hasta ahora fría, se convierta en horno de fuego». (II carta a Sor Laura Mignani, 20 enero 1518)

«Somos todavía inexpertos, desnudos de amor divino y vestidos de mundanos afectos. En cambio el enemigo no duerme. Levantad vuestros clamores, ahuyentad al adversario, mientras estamos sumidos en este sueño letárgico». (IV carta a Sor Laura Mignani, 7 agosto 1518)

«Olvidaos totalmente por amor de Jesucristo, y otra cosa no veáis en la persona del prójimo que a Jesucristo paciente». (VI carta a Sor Laura Mignani)

«Ojalá que Jesucristo purifique mi corazón, para no ser jamás rebelde a su divina voluntad. Otra cosa no deseo que permanecer donde le plazca, y en las condiciones que le sean gratas, convencido de que en esta obediencia, y en la muerte de mí mismo, consiste toda la gloria que puedo dar a mi Creador. Las almas se purifican no tanto por el fervor puramente sentimental, como por la acción y las obras con que el amor se manifiesta» ((VII carta a Sor Laura Mignani, 8 de junio de 1520)

«La revelación puede servirnos de brújula y dirigirnos en nuestras difíciles pesquisas. Únicamente ella nos enseña que existen seres puramente espirituales, destinados, como nosotros en la tierra, a alabar sin cesar a su Creador en el cielo. Ejecutan al mismo tiempo sus órdenes cerca de las criaturas de una condición inferior y las dirigen invisiblemente hacia un fin sobrenatural (…) La Sagrada Escritura suministra una infinidad de pasajes que nos enseñan que los ángeles se han hecho visibles por orden expresa del Señor, y que en esas circunstancias se hallaban sometidos a las necesidades inseparables de nuestra naturaleza». (IX carta a Sor Laura Mignani, 8 mayo 1521)

«Advierte que todos los santos no pueden hacerte tan agradable a Cristo como lo puedes tú misma. De tu voluntad depende, y si quieres que Cristo te ame, y eficazmente te ayude, ámale tú, encamina tu voluntad a complacerle en todo y siempre, y aunque fueras abandonada de todos los santos del cielo y de todas las criaturas, no dudes que El te ayudará en todas tus necesidades. Sabe, hija mía, que estamos en este mundo, como peregrinos, de viaje. Nuestra patria es el cielo. El que se embriaga en los goces de esta vida pierde el camino y va a la muerte. Mientras estamos aquí debemos conquistar la vida eterna. No podemos nosotros solos, después de haberla perdido por nuestros propios pecados. Jesucristo nos la ha reconquistado. Deber nuestro es darle gracias, amarle, obedecerle, permanecer a su lado cuanto nos sea posible. El se nos ha dado en comida. ¡Infeliz del cristiano que desconoce este don! ¡Estar en condiciones de poseer a Cristo, hijo de la Virgen María, y no quererlo! ¡Ay de aquél que no cuida de recibirlo! El bien que deseas para mí, para ti lo quiero, hija mía. Pero un solo medio
existe para su completa posesión: la oración constante a la Virgen María para que se digne visitarte con su Hijo glorioso». (A su sobrina Isabel de Thiene, 10 julio 1522)

«Aspiremos a lo invisible y eterno, lo de acá es temporal y transitorio. ¿Os seducen los descubridores de nuevos y extraños caminos con vistas a la unión con Dios, cuando rehusáis complacerle en tantas cosas fáciles y a la mano como es pide el Señor cada día?»
(I Carta a Bartolomé Scaini, 26 Marzo 1529)

«¡Cómo nos ama este Señor! Por nuestro amor y por nuestra eterna salud, murió, resucitó, y ahora reina en los cielos. Lloremos, enhorabuena. Pero no perdamos de vista la consoladora promesa: Vuestro llanto se convertirá en gozo. Dolámonos por los pobrecitos que, sin darse cuenta de que este mundo no es sino una prisión, se entregan a sus locos placeres, como si fuese la patria». (I carta a sor María Carafa, 13 marzo 1541)

«Cuando nos rinde la fatiga, pensemos que ya poco resta para llegar a la meta. No tardará en pasar nuestra Santísima Abogada y Madre del Redentor. Ella cubrirá nuestra fealdad con el manto de su misericordia, y nos acompañará a la presencia del justo Juez, Hijo suyo, quien no desdeñará, de seguro, recibir de mano de su Madre la carga de nuestros pecados, y como si
fuesen de ella misma, pagar por todos a satisfacción, al que es su Padre y nuestro Padre».
(II carta a sor María Carafa, 6 abril 1541)

«Se dan hechos y situaciones que, vistas con ojos humanos, se nos parecen contratiempos, no siendo, a la luz de la fe, otra cosa que favores que el Señor se digna otorgarnos en su infinita bondad. En el caso presente ¿a qué tanto lamentarnos, a no dar tregua a nuestro llanto, a poner el grito en el cielo, en vez de considerar cuan obligados estamos de darle gracias a Dios que, en su gran misericordia, ha otorgado a esta alma el mayor de todos los bienes, ya que han pesado mucho más las oraciones de los santos que la reclamaban en el cielo que los clamores de los hombres que la querían en la tierra?»

Compendio de la perfección cristiana:

«La verdadera e inestimable alegría del hombre espiritual consiste en la voluntad de asemejarse interna y externamente a Jesús, sin aspirar a otra recompensa, de acuerdo con lo de San Pablo: Pronto estoy no sólo a ser atado sino a morir por el nombre de Jesús (Act 21,13). De igual modo, la puerta de toda perfección, así como su fundamento, radican en tenerse por indignos de los divinos beneficios, no menos que en la conciencia de que todo el bien que hacemos no tiene su razón de ser en nosotros sino en la sola bondad de Dios. Existen dos clases de humildad. Una es hija de la verdad. La otra estriba en el amor. La humildad vivificada por la caridad es insustituible fundamento de la perfección verdadera. La vida activa consiste: 1° en la generosa aceptación de las fatigas y de la pobreza; 2° en el desprecio de la estima y de los honores del mundo, y en la ocultación del valer personal. Tres son los integrantes de la vida contemplativa: pureza interior, vigilancia y mortificación de los sentidos, docilidad a las internas inspiraciones».

La oración de San Cayetano:

“Mirad, oh Señor y Padre Santo gran pontífice y Señor nuestro,
desde vuestro Santuario y lugar excelso donde habitáis en el cielo, y
fijad vuestra mirada en esta hostia santa que os ofrece nuestro Jesús
por los pecados de sus hermanos y perdonadnos nuestras muchas
culpas. He aquí la voz de la sangre de nuestro hermano Jesús que
clama a Vos desde la cruz. Escuchad, oh Señor, aplacaos, atended y
enviad vuestro socorro. No lo retardéis, Dios mío, por vuestra gran
bondad, ya que vuestro nombre ha sido invocado sobre esta ciudad y
sobre todo vuestro pueblo, y obrar con nosotros según vuestra
misericordia”

Fuente: https://teatinos.org/wp-content/uploads/2019/01/Dejar%c3%a9-correr-la-Barca-San-Cayetano.pdf

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