Santa Teresa de Jesús (1515-1582) fue la fundadora de la Orden de las Carmelitas, mística y escritora española. Se la conoce también como santa Teresa de Ávila. Junto con san Juan de la Cruz, se la considera la cumbre de la mística experimental cristiana.

De acuerdo al biógrafo francés Pierre Boudot:

En todas las páginas del libro de su vida se ven las huellas de una pasión viva, de una franqueza conmovedora, y de un iluminismo consagrado por la fe de fieles. Todas sus revelaciones atestiguan que creía firmemente en una unión espiritual entre ella y Jesucristo; veía a Dios, la Virgen, los santos y los ángeles en todo su esplendor, y de lo alto recibía inspiraciones que aprovechaba para la disciplina de su vida interior. En su juventud las aspiraciones que tuvo fueron raras y parecen confusas; sólo en plena edad madura se hicieron más distintas, más numerosas y también más extraordinarias. Pasaba de los cuarenta y tres años cuando por vez primera vivió un éxtasis. Sus visiones intelectuales se sucedieron sin interrupción durante dos años y medio, entre 1559–1561. Sea por desconfianza, sea para probarla, sus superiores le prohibieron que se abandonase a estos fervores de devoción mística, que eran para ella una segunda vida, y le ordenaron que resistiera a estos arrobamientos, en que su salud se consumía. Obedeció ella, mas a pesar de sus esfuerzos, su oración era tan continua que ni aun el sueño podía interrumpir su curso. Al mismo tiempo, abrasada de un violento deseo de ver a Dios, se sentía morir. En este estado singular tuvo en varias ocasiones la visión que dio origen al establecimiento de una fiesta particular en la Orden del Carmelo.

Veamos, a continuación, algunas de sus frases más destacadas:

Solo el amor le da valor a todas las cosas.

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.

Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor

La verdad padece, pero no perece

Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía

Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.

Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Dios, que si no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos…

Fuiste por amor criada hermosa, bella, y ansía en mis entrañas pintada, si te pierdes, mi amada, alma, buscarte has en mí.

Darse del todo al Todo, sin hacernos partes

Lee y conducirás, no leas y serás conducido

Sin un corazón lleno de amor y sin unas manos generosas, es imposible curar a un hombre enfermo de su soledad

No podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor

El que no sirve para servir, no sirve para vivir

Si no hemos perdonado nosotros, demos sentencia contra nosotros, que no merecemos perdón.

Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados… tener a todos por mejores que nosotros.

En la cruz esta la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo.

Dios no ha de forzar nuestra voluntad; toma lo que le damos; más no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo.

No hay que menester alas para ir a buscar a Dios, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí.

El que quiere conseguir todo debe renunciar a todo.

Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa, sino en el portal de Belén adonde nació y la cruz adonde murió.

Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno lo dan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden.

El amor de Dios no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras.

Tu deseo sea de ver a Dios; tu temor, si le has de perder; tu dolor, que no le gozas, y tu gozo, de lo que te puede llevar allá, y vivirás con gran paz.

El amor mundano apega a esta vida; el amor divino por la otra suspira. Sin ti, Dios eterno, ¿Quien puede vivir?

Vivir la vida de tal suerte que viva quede en la muerte.

Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor en las penas como en las alegrías.

Oración a Santa Teresa:
Oh, Santa Teresa, Virgen seráfica, querida esposa de Tu Señor Crucificado, tú, quien en la tierra ardió con un amor tan intenso hacia tu Dios y mi Dios, y ahora iluminas como una llama resplandeciente en el paraíso, obtén para mí también, te lo ruego, un destello de ese mismo fuego ardiente y santo que me ayude a olvidar el mundo, las cosas creadas, aún yo mismo, porque tu ardiente deseo era verle adorado por todos los hombres.

Concédeme que todos mis pensamientos, deseos y afectos sean dirigidos siempre a hacer la voluntad de Dios, la Bondad suprema, aun estando en gozo o en dolor, porque Él es digno de ser amado y obedecido por siempre.

Obtén para mí esta gracia, tú que eres tan poderosa con Dios, que yo me llene de fuego, como tú, con el santo amor de Dios.

Amén.

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