Enseñanzas de Sai Baba: «Compartan y el sentido de unidad se establecerá; pierdan el temor y desechen toda envidia y crecerán en amor»

Por Sathya Sai Baba

La madre que les dio nacimiento, el padre que los sustentó y el maestro que les abrió los ojos al misterio de la naturaleza dentro y alrededor suyo, todos deben ser venerados. No importa cuán alto se hayan elevado en la escala social, ni cuán grande sea su cuenta bancaria, si no atienden a sus padres y los dejan sufrir, la vida de ustedes será inútil. Los padres se sienten enormemente felices cuando sus hijos muestran la más mínima preocupación por su bienestar. Cualquier pequeña muestra de gratitud es recibida por ellos con deleite. Si no tienen ustedes urgencia por complacerlos y hacerlos felices, ¿cómo podrán esperar complacer a Dios?

El sobre puede haber costado sólo unos cuantos centavos; en su interior, el pedazo de papel puede estar arrugado y manchado, la escritura sobre éste puede estar plagada de errores; las letras pueden ser confusas, pero cuando el niño escribe a la madre, ella lee y aprecia la carta con lágrimas de alegría. El sobre puede ser de lujo, las letras pueden ser de oro, impresas en tipografía antigua y en una imprenta aristocrática; pero a ella no le interesará siquiera verla. La madre busca amor, anhela gratitud, tiene sed de benevolencia; ella valora el sentimiento, no la ostentación externa.

La Madre Divina también es motivada por el mismo sentimiento. A ella no le interesan adornos externos como el pelo enmarañado, rosarios, marcas de ceniza en la frente o túnicas sacerdotales. Ella valora la sinceridad, anhela virtud, compasión, amor.

Los Vedas declaran que su gracia, esto es, la inmortalidad, puede lograrse mediante el desapego en vez de la agitada actividad, riqueza o progenie. Cedan, no retengan con los puños cerrados; suelten, no aten y queden atados. Las unidades de la Organización de Servicio Sathya Sai deben enfatizar a través del ejemplo y práctica personal, que ninguna alegría se equipara a la dicha de compartir, dar, renunciar.

Entenderán mejor esto si dedican atención al comportamiento de los niños. Ellos son como almas realizadas, sin apegos. Existen tres impulsos que gobiernan al hombre: rathi, prapti y thusti (ananda). Rathi es el deseo de tener contacto con el mundo objetivo; prapti es el anhelo de poseer el objeto; ananda es la suprema felicidad que se alcanza cuando se descubre el secreto de la naturaleza. Examinen el contenido de la bolsa de un niño.

Encontrarán algunas piedras, un pedazo de vidrio, una rama o una flor. El niño obtiene más alegría de estos objetos que la que un adulto obtiene de un cuaderno de anotaciones. El niño no anhela poseer ni rechazar a otros. No ahorra para los días por venir, o por el mero placer de ser reconocido como ahorrativo. El niño puede tener el cuerpo cubierto de tierra pero su mente está libre de polvo; los mayores son escrupulosos respecto al aseo del cuerpo pero sus mentes son cloacas de deseo, odio, envidia y mugre.

Esto se debe a que la verdadera naturaleza de Dios, la creación y el hombre no es comprendida. El hombre no es sino una ola del océano que es Dios. La naturaleza es sólo una manifestación del mismo Dios, que aparece como diversidad, con atributos duales como suave malo, gentil, cruel, útil, inútil. El deseo de adquirir o la ansiedad de evitar surgen porque el hombre está atrapado en esta dualidad, la cual es fundamentalmente una creación de su mente.

El hombre atrapado en la maraña del deseo anhela mucho fruto con poco esfuerzo; el hombre que está desapegado de las tentaciones del mundo objetivo anhela sólo un poco de fruto, pero está dispuesto a esforzarse para obtenerlo. Tan sólo una pequeña muestra de gracia le da inconmensurable deleite, bienaventuranza.

«Para mí», ‘a mí», esto es deseo animal. «De mí, por mí», este ofrecimiento es un signo de la naturaleza divina en el hombre. Compartan y el sentido de unidad se establecerá; pierdan el temor y desechen toda envidia y crecerán enormemente en amor.

Fuente: Discurso del 24 de noviembre de 1972

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